Comentario del discurso de Hitler a la juventud alemana (1934)
Por el Dr. Enrique Sánchez Costa
(Coordinador del departamento de Español de la PUCMM).
CUANDO Hitler alcanzó el poder en 1933, la situación en Alemania era crítica. El Tratado de Versalles (1919), al finalizar la Primera Guerra Mundial, había impuesto a Alemania la pérdida de muchos territorios –como Alsacia y Lorena–, la obligación del desarme y el pago de indemnizaciones desorbitadas a los Estados victoriosos. A la humillación moral y el perjuicio económico que infligió a Alemania este tratado, se sumaron las consecuencias del “crack de 1929”. La inflación se disparó (los alemanes llevaban consigo, para compras ordinarias, carros llenos de billetes), igual que el índice de desempleo. Alemania se encontraba deshonrada ante las naciones, sin ejército y sumida en una crisis económica de la que parecía no salir nunca. La mayoría de la población desesperó del sistema democrático y abrazó unas doctrinas extremistas –el nazismo y el comunismo– que prometían poner fin a todos los males. Hitler, a través de la persuasión retórica y la utilización de grupos paramilitares para atemorizar a la población y deshacerse de sus oponentes, se erigió pronto como el Führer, el “líder” único de su Partido y, lo que es más, de la nación alemana en su globalidad.
El discurso que analizaremos está incluido en El triunfo de la voluntad (Triumph des Willens, 1935), la película documental que dirigió –por encargo de Hitler– la cineasta Leni Riefenstahl, y que recogía todos los actos del Congreso Nazi de septiembre de 1934 en Núremberg. Se trata de uno de los documentales más impresionantes de la historia del cine, tanto por sus conquistas formales (utilización masiva de cámaras fijas y en movimiento –travelling–, teleobjetivos distorsionadores, fotografía aérea…) como, sobre todo, por ser la exaltación más poderosa de la mitología, la retórica y la liturgia nazis. En una época de desorientación (fue famoso el libro La decadencia de Occidente, publicado por O. Spengler entre 1918 y 1923), cuando las iglesias cristianas habían perdido influencia en la sociedad, el nazismo y el comunismo se presentaron a la población como una nueva religión política, una nueva esperanza de renacimiento, un nuevo puerto de salvación al que las masas amorfas de ciudadanos podrían asirse. Y esas nuevas religiones ateas, a imitación de las religiones tradicionales, desarrollarían toda una liturgia, con la que querían envolver y seducir a sus adeptos. En este sentido, son paradigmáticas las palabras que aparecen al principio de la película, como prólogo, inscritas en un muro de piedra: “El 5 de septiembre de 1934, 20 años después del estallido de la Guerra Mundial, 16 años después del comienzo de nuestro sufrimiento, 19 meses después del inicio del renacimiento alemán, Adolf Hitler voló otra vez a Núremberg a inspeccionar las columnas de sus fieles seguidores”.
Desde el punto de vista fílmico, en el fragmento que analizamos la directora se sirve de diversas técnicas para sacralizar a Hitler. Por un lado, todos los planos del dictador son cercanos y en alzado (de abajo arriba), como si viéramos al líder desde una posición más baja. De este modo, Hitler aparece engrandecido, magnificado, dominante sobre la multitud. Por el contrario, la muchedumbre es filmada, en ocasiones, con planos amplios –o generales– y en picado (de arriba abajo), tal como un hombre aprecia un conjunto de hormigas. No vemos un diálogo entre personas, sino una lección del líder único a sus masas enfervorizadas. Y es que, el dictador fascista, no se mide respecto a nadie, sino que sobrevuela la multitud desde arriba y la conforma, como moldea un artista el barro. Algo patente en unas palabras de Mussolini, de 1932: “La multitud no necesita saber, sino creer. Tiene que dejarse configurar. Cuando yo siento la masa en mis manos me asalta a veces una aversión como la del artista contra el mármol que un momento quisiera destruir lleno de rabia, porque reproduce y da forma a su visión de manera exacta. Todo depende de dominar a la multitud como un artista”.
Pero no son estos los únicos recursos de que se sirve Riefenstahl para sacralizar la figura del líder nazi y de su Partido. También utiliza el travelling para filmar a Hitler, de modo que, mientras este habla, la cámara se mueve a su alrededor trazando una media circunferencia. De esta manera, se logra un efecto envolvente, dotando de mayor trascendencia al Führer (la focalización de la cámara simboliza el hecho de que todos se mueven alrededor del líder). Por otra parte, la directora incorpora en el documental, mientras Hitler habla, primeros planos de algunos de sus fieles jóvenes, que le observan extasiados. Todos, por cierto, son rubios, arios fuertes y perfectos, paradigma de la raza alemana. Y Riefenstahl los filma desenfocando un poco el objetivo de la cámara, para que aparezcan borrosos, difuminados, como sumidos en el sueño y en el éxtasis que les provocan las palabras de su líder. Frente a la mediocridad realista de la vida ordinaria –parece sugerir la directora–, el discurso del líder de la nación es capaz de conducir a sus fieles hacia otros estados vitales, de lograr nuevas formas de trascendencia –de más allá–, instaurando el paraíso en la tierra. Es como si, remedando perversamente la afirmación de Jesucristo (“El Reino de Dios está ya en medio de vosotros”, Lc 12: 21), se diera a entender que el Reino salvador de Alemania estuviera ya en medio de ellos.
Desde el punto de vista gestual, sorprende la firmeza de Hitler, manteniendo la vista al frente (el líder parece avizorar el futuro, el más allá), el tronco erguido y la expresión impasible. En sus gestos –como en sus palabras– no hay ninguna vacilación; todo en él transmite solidez, seguridad. A su alrededor la multitud se agita como un mar encrespado de brazos levantados (el saludo nazi), mientras profiere gritos nazis, las naciones del mundo se zarandean…, pero él permanece seguro e iluminador como un faro en medio de la tempestad. No importa que Alemania y cada uno de sus habitantes se estremezcan de pavor y estén sumidos en la crisis. Él es el (falso) mesías que librará a la población de sus inseguridades, aunque, a cambio, les exija renunciar a su libertad. Ya lo predijo Dostoievski en Los hermanos Karamazov (1880), al afirmar que “el hombre prefiere la paz y hasta la muerte a la libertad de discernir el bien y el mal. No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero tampoco hay nada más doloroso”. La libertad es un don, pero cuando no se sabe qué hacer con ella, o cuando no se quiere pechar con la responsabilidad personal, asoma la tentación de entregársela a otro –a un dictador o al diablo– a cambio de seguridad. En este sentido, es conocida la respuesta que dio Lenin al socialista Fernando de los Ríos, cuando en 1920 se entrevistó con él en Moscú: “¿Libertad para qué?”. Según Dostoievski, lo que los hombres desean a la postre es “un dueño ante quien inclinarse, un guardián de su conciencia y el medio de unirse finalmente en la concordia de una comunidad de hormiguero, pues la necesidad de la unión universal es el tercero y el último tormento de la raza humana”.
El discurso de Hitler a los jóvenes del partido –y, por extensión, a todos los jóvenes alemanes– busca unir al pueblo alemán entorno a su figura, como un pastor congrega a su rebaño. Y, por medio de palabras seductoras, asimila Alemania al Partido Nazi y, en último término, a él. De forma que, quien estuviera en contra del Partido o de su líder, estaría en contra de Alemania (siendo, por tanto, un traidor a la patria). De hecho, la palabra más repetida en el discurso es “Alemania” y, tras ella, el concepto de “pueblo”. Hitler rechaza el internacionalismo comunista, así como la explicación marxista de la historia como una lucha de clases (dice el líder alemán: “queremos una sociedad sin castas ni rangos sociales”). Es sabido cómo muchos empresarios alemanes apoyaron a Hitler, pero es menos conocido que el partido se definía en su misma denominación como “Nacionalsocialista” y como “Obrero Alemán”. Ahora bien, cuando Hitler rechaza el clasismo marxista (la división entre ricos y pobres, entre capitalistas y proletarios), no hace más que substituir un mal por otro. El clasismo será reemplazado por el nacionalismo y el racismo: el mito de la raza aria, que llevará, a la postre, a la exterminio sistemático de millones de judíos. Él quiere aglutinar a todos los alemanes –clase alta, media y baja– por medio del nacionalismo –la exaltación de la nación– y del sueño del Imperio (el Tercer Reich). Aunque, cuando habla de “alemanes”, no se refiere a los nacidos en Alemania, sino sólo a los de raza aria (hayan nacido en Alemania, en Austria, en Chequia…), en exclusión de todos los demás grupos humanos.
En el discurso remacha Hitler la idea de pueblo (“queremos ser un pueblo y, a través de vosotros, llegar a ser este pueblo”), de Imperio (“queremos ver un Imperio”) y de raza: “vosotros sois carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre”. Estas últimas palabras son un pastiche del Génesis bíblico, en el que Adán, extasiado ante la creación de Eva, afirma: “¡Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Gn 2: 23). Apreciamos aquí cómo un retórico hábil puede servirse –legítima o ilegítimamente– de tradiciones literarias, religiosas y culturales preexistentes para su propia causa. Al cabo, ninguna creación literaria o cultural parte de la nada, sino que emplea y combina elementos textuales y simbólicos previos. En este sentido, sabemos hasta qué punto el nazismo refundió la terminología y la simbología cristiana con la mitología germana (Wotan, Thor, Sigfrido…) para desarrollar su nueva religión política pagana. Ese nihilismo pagano nacionalista que propugna Hitler (no hay nada trascendente, salvo la nación) es patente en las siguientes palabras: “Todo aquello que forjemos hoy, no importa lo que hagamos, pasará al olvido. Pero en vosotros Alemania perdurará; y cuando nosotros no podamos mantener más la bandera que lloraremos desde la nada, vosotros debéis mantenerla firmemente en vuestros puños”. Tras la muerte personal no se encuentra ya el Paraíso cristiano, sino “la nada”; y lo único que permanece en el tiempo –afirma Hitler– es la Nación (simbolizada metafóricamente en la bandera y sostenida por las siguientes generaciones).
Otras ideas fundamentales del discurso son la incitación a hacerse duros, obedientes y sacrificados para mayor gloria de la nación: “Queremos que este pueblo sea obediente, y debéis practicar obediencia en vosotros mismos”; “queremos que este pueblo no se torne blando, sino que se haga duro y, por consiguiente, debéis endureceros a vosotros mismos, en vuestra juventud, para esto. Debéis aprender a sacrificaros, así como también nunca veniros abajo”. Los habitantes del norte de Europa, acostumbrados a resistir inviernos oscuros, duros y fríos, son conocidos por su reciedumbre, su frialdad y su dureza de carácter. Son, en muchos casos, personas capaces de trabajar más y mejor que los habitantes de las regiones más calurosas del planeta; pero, al mismo tiempo, adolecen de falta de sensibilidad y cordialidad. Su carácter suele ser más recio, pero menos cariñoso. Y, justamente, lo que quiere Hitler es acentuar esa frialdad nórdica y germana, pues, como los ladrillos de un edificio, cuanto más duros sean los elementos que conforman una nación, más sólida resultará esta. La invitación a la dureza, como tantos otros elementos del discurso hitleriano, están presentes ya en el filósofo alemán F. Nietzsche, quien escribió: “Esta nueva tabla, oh hermanos míos, coloco yo sobre vosotros: ¡endureceos!”. Poco tiempo antes había escrito también el filósofo del “superhombre”: “La vida misma es esencialmente apropiación, ofensa, avasallamiento de lo que es extraño y más débil, opresión, dureza, imposición de formas propias, anexión y al menos, en el caso más suave, explotación”.
El discurso de Hitler, por tanto, busca conformar una juventud que sea disciplinada, obediente, dura y sacrificada. El triunfo de la voluntad, por tanto, sobre el sentimiento, del vigor físico sobre las flaquezas personales y de la exigencia consigo mismo y con los demás por encima de la compasión. Son valores buenos, siempre y cuando no se absoluticen (como hace Hitler) y se enseñen como los “únicos” valores. La virtud –explicaba Aristóteles– se encuentra en el justo medio, y tan pernicioso resulta conminar sólo a la reciedumbre (olvidando la compasión), como hablar únicamente de auto-indulgencia o compasión (descartando el afán de superación personal y la reciedumbre). Teniendo en cuenta el fondo nietzscheano del discurso de Hitler, eficaz y deshumanizador al mismo tiempo, se entiende que Alemania –entonces una nación alicaída y en bancarrota– se convirtiera pronto en la primera potencia militar del mundo, así como en una economía pujante. Y se comprende también, en su vertiente ominosa, cómo tantos jóvenes pudieron pronto encuadrarse fanáticamente en los grupos paramilitares nazis (las SS y las SA), famosos tanto por su “eficacia” como por su crueldad.
Para acabar el comentario del discurso me gustaría referirme a las últimas palabras del mismo: “El mismo espíritu que nos gobierna bulle en vuestras jóvenes mentes. Y cuando las grandes columnas del movimiento barran con todo a través de Alemania hoy, entonces se que vosotros cerraréis filas. Y sabemos que Alemania se rendirá ante nosotros, Alemania marcha dentro nosotros y Alemania nos sigue!”. El verbo “bullir”, asociado a la ideología hitleriana, sugiere movimiento, agitación. Ningún joven del Partido puede mantenerse en calma; deben endurecer su voluntad con los principios nazistas y promover el renacimiento de Alemania a través de la conquista de la nación y, más tarde, mediante la expansión del Imperio alemán por el mundo. Las “grandes columnas del movimiento” (la ideología fascista emplea mucho la terminología militar) deben “barrer con todo a través de Alemania”; esto eso, acallar por medio de la violencia cualquier forma de oposición al Partido. Y, en sus últimas palabras, que son las más encendidas del discurso, Hitler pasa del “vosotros” al “nosotros” (las masas han quedado fundidas y confundidas con su líder), lanzando una frases rítmica, que suena como el repicar final del tambor, y en la que el término Alemania se repite anafóricamente para dotar de mayor fortaleza al discurso. Una exclamación que Hitler acompaña con un movimiento furioso de los brazos, como finalizaría un director de orquesta una partitura estentórea.
Majestuoso, brillante y cautivador.
ResponderEliminarFelicitaciones!